Viviendo en culpa

Hechos 3:19, NVI “Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor”

La infidelidad es una trampa mortal. Puede tocar a tu puerta en cualquier momento de tu vida. Te puede hacer la víctima o el causante de la traición.

En el momento en que me encontraba en la posición de víctima, el enemigo me quiso hacer sentir tan devastada, triste y dolida, que pensé que la venganza o el pagar ojo por ojo y diente por diente me daría la paz que necesitaba. Y comencé a dejar que mi mente y mis oídos se envolvieran en su trampa. Cuando te has sentido olvidada, abandonada y traicionada, anhelas escuchar palabras lindas, das cabida en tu mente a pensamientos de que cualquiera que te diga algo bonito o te encuentre atractiva es lo que necesitas. El enemigo es más astuto que tú!

En la góndola de la tienda donde conocí a este galán, deje mi amor propio y mi respeto. Aunque nunca me envolví sexualmente con él, si abrí mi corazón a la traición. Hablaba con él a escondidas, pensaba en el constantemente. Pensé que me podía justificar pues la víctima en todo esto era yo. Un día mi esposo descubrió mis conversaciones. Pensé que mi mundo se derrumbaba. Esta no era yo… lo que hice no se puede comparar con lo que él me hizo a mí. Pero tuve mucho miedo. Su ira se reflejaba en todo su cuerpo. Sus palabras eran hirientes. Es la única vez en mi vida que sentí que mi vida estaba en peligro. Pensé, una mujer herida llora, duele, se deprime. Pero un hombre herido se puede cegar al punto que pierda su capacidad de razonar. Y escapé de mi apartamento. Busque refugio con unos amigos que Dios puso en mi camino, los cuales me protegieron y cuidaron de mí. Me sentía tan perdida. ¿Es esto lo que quiero para mi vida? Me pregunte…

Días después tuve que volver al apartamento que compartía con mi esposo a recoger mis cosas. Mi esposo me esperaba. Pensé que me arriesgaba al ir pero no tenía otra opción. Cuando entré lo vi triste, con su cabeza baja. Mi plan era hacer todo lo más rápido posible y huir nuevamente. Pero él me estaba esperando para hablar. Ya en mi mente yo había decidido marcharme, dejar todo y comenzar de nuevo. Aun así me sentía culpable. Decidí entonces escucharlo. Con lágrimas en sus ojos y cuerpo de rodillas me gritaba que por favor, le diera otra oportunidad. Que el sabia en que había fallado y quería remediar. Que prometía que me daría hijos, una casa propia, pues sabía que eran los anhelos de mi corazón. Rogaba por una segunda oportunidad. Y yo, con fallas y defectos pero con un corazón que deseaba ser amada y anhelaba ser feliz, acepté.

Algo en lo que no pensé era que ahora en vez de ser yo la que carecía de confianza, era él. Vigilaba cada uno de mis pasos. Contaba los minutos que me tomaba al llegar a casa de mi trabajo… wow, ahora era yo la que se encontraba bajo el lente de la lupa. Y que horrible se siente cuando no confían en ti. Hay un dicho que dice “El ladrón juzga por su condición” y es muy cierto. Solo tenía que aceptar que por un tiempo, nuestro suelo estaría temblante. Cuando se pierde el respeto y la confianza, se pierde TODO. Ya yo había cortado toda comunicación con esa persona, pero mi culpa me perseguía. Mi autoestima estaba por el piso, me sentía tan pequeña. Tenía miedo de mirar al lado, de hacer algo que diera motivos de desconfianza.

Eso es lo que hace el enemigo en nuestras vidas. Te acusa, te señala, te quita tu valor. En el no hay gracia que valga, perdón que valga, no existe redención. Contrario a lo que nuestro Dios nos da. En Dios somos perdonados, somos redimidos. Su gracia nos cubre, su sangre nos limpia. No hay pecado ni falta que él no perdone cuando nos rendimos y confesamos nuestras culpas. Arrepentimiento es la clave. Y yo estaba muy arrepentida… pero aún seguía alejada de Dios.

Las cosas marcharon bien con el tiempo, pero nunca fueron iguales. Nunca lleve mis culpas ante la cruz, solo aprendí a vivir con ellas. Y vivir en culpa, dolor y traición es horrible. Te drena, te hunde, te atrasa. Si tan solo hubiese llevado mi dolor a sus pies, otra hubiese sido mi historia. Tratar de vivir una vida sin Dios, es como nadar en el mismo estanque y nunca alcanzar la orilla. Estas muerto en vida. Solo existes, no vives. La única vida real y verdadera solo la podemos encontrar cuando vivimos en Cristo.

En mi próximo capítulo les hablare de como todo este proceso que pase fue solo una distracción para alejar mi corazón de Dios con resultados desastrosos. Te espero!

13 comentarios sobre “Viviendo en culpa

  1. Me identifiqué mucho con este capítulo. Trajo a memoria esos sentimientos de culpabilidad y suciedad que el enemigo utilizó para atormentarme. A Dios sea la gloria por su inmerecida gracia y misericordia.

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  2. Admiro tu valentía y transparencia. Dios es un Dios que redime y si siete veces cae el justo siete veces su gracia nos levanta. Te felicito por plasmar en cada capítulo pura vida. Eres de bendición y entiendo que nada de lo que vivimos en por pura concidencia y que todo obra para bien de una manera u otra si lo entregamos a Dios. El lo cambia todo. Adelante Zuly!

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